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EL PEATÓN EN LA MIRA
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EL PEATÓN EN LA MIRA

Entre la vulnerabilidad, la imprudencia y una cultura vial que todavía tenemos que transformar.

Caminar parece el acto más sencillo dentro de la movilidad. No requiere licencia de conducción, matrícula, casco, revisión técnico-mecánica ni conocimientos especializados. Todos, independientemente del medio de transporte que utilicemos habitualmente, somos peatones en algún momento del día.

 

Sin embargo, esa aparente simplicidad esconde una realidad preocupante: el peatón continúa siendo uno de los actores más vulnerables del sistema vial y uno de los que mayor participación tiene en las fatalidades por siniestros de tránsito en Colombia.

 

Durante 2024, 1.827 peatones perdieron la vida en las vías colombianas, 23 casos más que durante 2023. La situación continuó generando señales de alerta durante 2025: con corte a junio de ese año se registraban preliminarmente 896 peatones fallecidos, frente a 857 durante el mismo periodo de 2024, equivalente a un incremento aproximado del 4,6 %.

Las cifras invitan a formular una pregunta que va más allá de quién tuvo la culpa en cada siniestro.

¿Qué está pasando con nuestra cultura vial como peatones?

Ser vulnerable no significa estar exento de responsabilidades.

Dentro de la seguridad vial, el concepto de actor vial vulnerable tiene una explicación física muy concreta.

Mientras un ocupante de un automóvil cuenta con una estructura vehicular, cinturones de seguridad, airbags y diferentes sistemas destinados a absorber parte de la energía producida durante una colisión, el peatón recibe directamente esa energía sobre su cuerpo.

 

No existe carrocería que lo proteja.

Por esa razón, un error que entre dos vehículos podría terminar solamente en daños materiales puede tener consecuencias graves o fatales cuando involucra a una persona que se desplaza a pie.

La Organización Mundial de la Salud reconoce a peatones, ciclistas y motociclistas entre los usuarios vulnerables de las vías. 

Actualmente, más de la mitad de las muertes causadas por el tránsito en el mundo se concentra precisamente entre estos actores. Pero existe una diferencia importante entre vulnerabilidad y ausencia de responsabilidad.

 

La protección especial que merece el peatón no elimina su deber de observar el entorno, respetar las señales de tránsito, utilizar adecuadamente la infraestructura existente y adoptar comportamientos que disminuyan su exposición al riesgo.

Y allí aparece uno de los grandes retos de nuestra cultura vial.

Cruzar “porque no viene nadie”

 

En las ciudades colombianas se han normalizado conductas que pocas veces identificamos como peligrosas.

Cruzar una avenida por un lugar diferente al paso peatonal porque “queda más cerca”; atravesar cuando el semáforo peatonal está en rojo porque aparentemente no se aproxima ningún vehículo; caminar mirando permanentemente el teléfono celular; bajar a la calzada para adelantar a otras personas; invadir ciclorrutas; atravesar entre vehículos estacionados o cruzar una vía corriendo son situaciones que observamos diariamente.

 

Incluso existe una peligrosa percepción según la cual tener prioridad significa poder ingresar a la calzada bajo cualquier circunstancia.

No es así.

 

Tener prioridad no elimina el riesgo físico de una colisión.

Un conductor puede cometer una infracción. Un motociclista puede circular excediendo la velocidad. Un vehículo puede no respetar una prelación. Pero ante una colisión, el cuerpo del peatón seguirá siendo el elemento más expuesto.

 

La seguridad vial no consiste únicamente en determinar quién tenía jurídicamente la razón después del siniestro. Su verdadero objetivo es evitar que el siniestro ocurra.

Por ello, antes de cruzar una vía continúa siendo indispensable observar hacia ambos sentidos, establecer contacto visual con los conductores cuando sea posible y comprobar que los vehículos efectivamente han detenido su marcha.

 

La prelación es una norma. La autoprotección es una decisión.

El celular también camina con nosotros

 

Durante años, buena parte de las campañas contra la distracción se concentraron en los conductores. Sin embargo, la transformación tecnológica también modificó el comportamiento del peatón.

Hoy caminamos mientras escribimos mensajes, revisamos redes sociales, escuchamos audios o utilizamos audífonos que pueden disminuir nuestra percepción del entorno.

La consecuencia es una forma de distracción cognitiva, visual y auditiva.

 

Una persona concentrada en la pantalla puede tardar más en identificar un cambio de semáforo, calcular incorrectamente la distancia de un vehículo, no advertir una motocicleta aproximándose o ingresar a una intersección sin reconocer adecuadamente los riesgos existentes.

El problema no es solamente “mirar el celular”.

Es dejar de mirar la vía.

 

La propia Agencia Nacional de Seguridad Vial ha identificado entre los comportamientos que incrementan el riesgo para los peatones acciones como utilizar el teléfono mientras se camina, no hacer uso de infraestructura dispuesta para el cruce, desconocer las señales semafóricas, transitar de noche sin hacerse visible o caminar bajo efectos del alcohol o sustancias psicoactivas.

 

Una relación cada vez más compleja con las motocicletas

 

La transformación del parque automotor colombiano también ha modificado la interacción entre actores viales.

La motocicleta ocupa actualmente un papel protagonista dentro de la movilidad del país y, al mismo tiempo, dentro de sus cifras de siniestralidad.

 

Para el peatón esta interacción tiene características especialmente complejas. Una motocicleta ocupa menos espacio visual, puede aproximarse rápidamente, circular entre vehículos y aparecer desde puntos que resultan menos evidentes para una persona que intenta atravesar una calle.

 

El Plan Nacional de Seguridad Vial ya había identificado que la motocicleta constituye uno de los principales vehículos involucrados en colisiones fatales con peatones en Colombia, seguida por vehículos particulares y de transporte de carga.

Esto no convierte al motociclista en el único responsable del problema. Demuestra, más bien, que en un sistema donde interactúan usuarios con niveles de protección profundamente diferentes, una maniobra incorrecta, una velocidad inadecuada o unos segundos de distracción pueden desencadenar consecuencias irreversibles.

 

La velocidad cambia todo

 

Hablar de seguridad del peatón obliga también a hablar de velocidad.

Una vía urbana no puede evaluarse exclusivamente por cuántos vehículos es capaz de movilizar por hora. También debe analizarse por la posibilidad que ofrece para que una persona pueda cruzarla, caminar junto a ella y llegar a su destino sin exponerse a energías incompatibles con la capacidad del cuerpo humano.

 

La relación entre velocidad y gravedad de las lesiones está ampliamente demostrada.

Según la Organización Mundial de la Salud, por cada incremento del 1 % en la velocidad media aumenta aproximadamente un 4 % el riesgo de una colisión fatal. Además, para un peatón, el riesgo de morir aumenta rápidamente conforme aumenta la velocidad del vehículo que lo impacta.

 

Por eso las zonas escolares, residenciales, comerciales y demás espacios con alta concentración de peatones requieren velocidades especialmente controladas.

 

No se trata simplemente de hacer que los vehículos circulen más despacio.

Se trata de administrar la energía para que un error humano no necesariamente termine convertido en una muerte.

 

El problema tampoco puede recaer solamente sobre quien camina

 

Sería equivocado concluir que el incremento de la siniestralidad peatonal se explica únicamente por la imprudencia de quienes caminan.

La seguridad vial moderna se fundamenta en el Enfoque de Sistema Seguro, cuya premisa reconoce algo elemental: los seres humanos cometemos errores y el sistema de movilidad debe estar diseñado para evitar que esos errores produzcan lesiones graves o fatales.

 

Por eso también debemos preguntarnos:

¿Existen suficientes pasos peatonales?

¿Los tiempos semafóricos permiten realmente que una persona mayor alcance a cruzar?

¿Las intersecciones garantizan visibilidad?

¿Los vehículos estacionados bloquean los recorridos peatonales?

¿Las aceras son continuas y accesibles?

¿Una persona con discapacidad puede desplazarse autónomamente?

¿Tenemos iluminación suficiente?

¿Controlamos adecuadamente la velocidad?

¿Los conductores reconocen verdaderamente la prioridad del peatón?

 

La cultura vial no puede utilizarse para justificar las fallas de infraestructura, de planificación, de fiscalización o de control.

Un Sistema Seguro trabaja simultáneamente sobre usuarios seguros, velocidades seguras, vías seguras, vehículos seguros y una adecuada respuesta frente a los siniestros.

 

Adultos mayores: cuando cruzar la calle se convierte en una carrera contra el tiempo

 

Existe además una población que requiere especial atención: los adultos mayores.

La disminución progresiva de la capacidad visual y auditiva, una menor velocidad para caminar y mayores tiempos de reacción pueden convertir una intersección aparentemente sencilla en un escenario de alto riesgo.

Por esta razón, diseñar una ciudad pensando únicamente en una persona joven, saludable y capaz de desplazarse rápidamente deja por fuera a una parte importante de la población.

 

El Plan Nacional de Seguridad Vial 2022–2031 ha reconocido especialmente esta vulnerabilidad y señala que históricamente una proporción significativa de los peatones fallecidos corresponde a personas mayores.

 

La pregunta entonces no debería ser por qué una persona mayor “no cruzó más rápido”.

La pregunta correcta es:

¿Por qué construimos un sistema que exige rapidez a alguien que necesita más tiempo para cruzar con seguridad?

 

La vía no es una competencia por tener la razón

Uno de los mayores problemas de nuestra cultura vial aparece cuando transformamos las calles en escenarios de confrontación.

El conductor reclama al motociclista.

El motociclista reclama al peatón.

El peatón reclama al conductor.

El ciclista reclama a todos.

 

Y mientras discutimos quién tiene más derechos, olvidamos que la movilidad es necesariamente un ejercicio de convivencia.

Las normas establecen prelaciones y responsabilidades porque son indispensables para organizar el tránsito, pero la seguridad necesita algo adicional: capacidad para anticipar el error del otro.

El conductor debe comprender que detrás de cada peatón hay una persona sin protección física.

El motociclista debe reducir la velocidad ante un cruce aunque aparentemente tenga vía libre.

El ciclista debe respetar los espacios destinados al peatón.

Y el peatón debe recordar que su vulnerabilidad hace todavía más importante adoptar decisiones preventivas antes de ingresar a una zona de conflicto.

Todos compartimos el mismo sistema.

 

Cultura vial también es detenerse

 

Tal vez durante demasiado tiempo asociamos la educación vial con conocer señales de tránsito.

Pero cultura vial significa mucho más.

Es esperar unos segundos adicionales antes de cruzar.

Es guardar el celular.

Es utilizar el paso peatonal, aunque implique caminar algunos metros más.

Es detener el vehículo para permitir el paso de una persona.

Es comprender que una persona mayor probablemente necesita más tiempo.

Es reducir la velocidad antes de que una señal obligue a hacerlo.

Es no estacionar sobre un andén.

Es enseñar a los niños mediante el ejemplo.

Y, sobre todo, es entender que ningún desplazamiento justifica poner en riesgo una vida.

 

El peatón está en la mira. Pero debería estar en el centro.

 

Las cifras de fallecidos no pueden convertirse en una estadística que revisamos cada año y posteriormente olvidamos.

Detrás de cada número existe una persona que salió caminando hacia su trabajo, regresaba a casa, acompañaba a sus hijos al colegio, iba a comprar algo o simplemente cruzaba una calle.

 

Por eso, más que poner al peatón “en la mira” para señalar sus errores, debemos ponerlo en el centro de las decisiones de movilidad.

Necesitamos mejores infraestructuras, velocidades compatibles con la vida, controles efectivos, vehículos más seguros y conductores preparados.

 

Pero también necesitamos mejores peatones.

Peatones atentos.

Peatones conscientes del riesgo.

Peatones que comprendan sus derechos y también sus responsabilidades.

Porque construir una cultura de seguridad vial no significa decidir quién tiene la culpa después de un siniestro.

Significa lograr que conductores, motociclistas, ciclistas y peatones lleguen a sus destinos sin que el error de uno de ellos tenga que costarle la vida a alguien.

 

En la vía todos tenemos responsabilidades, pero no todos tenemos la misma protección. Cuidar al peatón es cuidar la vida en su expresión más vulnerable.

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